martes, 17 de agosto de 2010



Fuimos a un Paty al paso que había en ruta 40 y comimos algo. Después nos tomamos unas cervezas. Ella jodia con el destino que le tocó y se quejaba en joda de tener ese trabajo de mierda. Era en joda, claro. Pero todo era medio en joda y medio en serio. A veces le daba por quedarse callada por un rato largo y no decir nada de nada. No se por que le pasaba eso. A mi me parecía que cargaba una mochila difícil desde piba. Algunos decían que el padre la maltrataba, y algo mas también. Otros decían que no tuvo familia, que se crió en la calle y después en correccionales hasta que tuvo 18 y la largaron. Otros dicen que en un convento. Algunos aseguraban que el padre estaba forrado en guita y que ella hacía eso por ponerse en rebelde con el viejo. Fumaba mucho. Yo le decía, no fumes tanto y ella se me cagaba de risa, me decía como dice Larralde, “Yo se bien lo que hace daño”. Se reía de esos que dicen que el cigarro te mata. No le importaba lo que mata o no. Yo creo que no le importaba morir.
Esperamos el 86 como una hora al borde de la ruta. Llegó vacío pero a los pedos, como para no parar. Creo que el chofer paró porque le vio el culo. A la noche paraba los bondis medio de espalda. Sino en la 40 no frenan.
Subimos, le sonrió al chofer, puso la moneda, nos sentamos al fondo. Me dijo que se podía poner pesado al otro día, que me estuviera tranquilo y que si veía que se pudría todo corriera, que no me quedara porque la poli se la tenía jurada. Que ella volteó un rati en una salidera en Mataderos y que de ahí en adelante tuvo que cargarse otros, porque la buscaban a ella por bronca, por ajuste de cuentas. Sabía que si se jodía la cosa ella en cana no caía. Porque no la iban a dejar y porque ni en pedo se dejaba llevar por esos tipos.
Cuando llegamos ya estaba amaneciendo. Entró en la piecita y revisó un fusil de arriba de la mesa. Nunca en mi vida había visto tantas armas juntas y menos en una pieza mugrienta como esa. Se desprendió el jean y se dio vuelta. Me miró. “Si la vamos a hacer gringo, hagámosla completa” me dijo. Me beso y me mordió el labio. Metió la mano en mi pantalón. “Cogeme gringo”, me dijo. “Mira si no podemos nunca mas”. Y me cogió ella a mí por toda la casa.
Después se vistió y yo también. Puse la pava y tomamos unos mates. Nos cagamos de risa y charlamos de un montón de cosas. Ella daba vueltas media desnuda, miraba por la ventana, contaba cosas. Como una hora charlando de todo después de curtir. Estuvo bueno. La verdad que estuvo bueno. Después miró el reloj y se puso seria. Dijo, ya llegan los pibes y se fue a preparar las cosas. Yo me puse a revisar mi parte y a acomodar las municiones.
Al toque llegaron los dos pibes, el gordo y el viejo. Uno de los pibes era un tarado, un getón. El otro era capaz de ponerte un tiro en la frente por un mate frío; pero el gordo y el viejo no, ellos sabían del asunto. Venían laburando de esto hacia rato y como la tenían clara nadie les discutía nada. La única era ella, ella le ponía los puntos al gordo y discutía las cosas con el viejo, el tipo la escuchaba eh? Y al lado de él ella era una piba. Pero el tipo la respetaba.
Yo prendí el coche y los esperé. Subieron con los bolsos sin decir nada. Salí despacio, y sin hacer mucho quibombo. Respetando todos los semáforos, como a 40 por hora, por el medio, tirando a la izquierda, para no ir muy rápido y no meterme a la derecha en el carril de los colectivos. Los pibes se pusieron ansiosos, empezaron a decirme que acelere, que se pudría todo, que qué me pasaba, que estaba cagado y no se que mas. El viejo los cayó la boca, me miró, hizo que si con la cabeza. Yo me quedé manso. Me di cuenta que estaba haciendo las cosas bien. Una cuadra antes de llegar aceleré bastante y los pibes empezaron a los gritos como si jugaran a los indios contra los soldados, un despelote de puteadas arriba del auto, cuando de pronto freno y se empiezan a bajar con las armas. Entran al banco con el quibombo de los gritos, disparos al aire puteadas y dame la llave y te rompo todo y callate hija de puta y dame la guita de las cajas y yo en el auto esperando y contando el tiempo y dale que no llegamos y callate que estamos bien y abrí la bóveda o te limpio y metele forro o limpiamos a todos. Y los pibes que se pelean y se van de mambo y discuten y una cajera que llora y pum.
Tiro a la cajera. En la cabeza.
Silencio.
Un silencio enorme. Un segundo de no entender absolutamente nada. Un segundo en el que todo lo que armaste, planeaste, acaba de cambiar completamente, de golpe y en el peor momento.
El viejo no lo podía creer. Quedó estupido un segundo y reaccionó para seguir. No podes entrar a un banco con tanta merca adentro. No podés. Tenés que ser muy tarado.
Y en medio de todo el despelote de los estupidos estos, empiezo a ver sirenas por los cuatro costados que me rodean desde las esquinas de la manzana. Unos desde atrás. Otros desde adelante, en contramano. Camionetas, patrulleros y tipos que venían a pie. Toda la infantería de la federal y yo en el Escort con un 38 en la guantera. Tuve que entrar al banco, no podía acelerar, no había donde, si me quedaba ahí iba a morir seguro. Me metí en la boca de lobo que era ese banco porque fue el único lugar hacia donde podía correr.
LA CANA!!! VINIERON TODOS!!! Grité cuando entraba y un segundo después cayeron los gases. Después no se vio mas nada por un rato. Yo caí en la alfombra del banco y entré a descargar la 38 sobre la nube de humo y a arrastrarme hasta el mostrador para cubrirme atrás de algo. Cuando llegué me encontré con el bolso de las armas en el piso y los tres sacando cargadores y dando masa a todo lo que se moviera. Nunca vi una cosa así. Pensé que pasaba en las películas nomás. Así que como estaba ahí y la cana me estaba tirando con todo y si no me movía me iban a matar, agarré una PAM 2 y empecé a escupir con repetición a cualquier cosa que caminara. Los dos pibes estaban en las cajas y fueron lo primero que bajó la cana, casi de casualidad.
No había un orden en ellos. No había un plan para salvar a los civiles, no tenían un operativo formal. Entraron a sangre y fuego. No les importó nada. Ella me decía, me la tienen jurada. Yo creía que exageraba. Me miró en medio de los tiros y se rió. Se cagó de risa.
Viste que es algo personal? Me quieren muerta, me dijo y escupió otro cargador.
Apilamos escritorios, Echamos a la gente hasta la bóveda para que no jodan y nos jugamos la ultima buscando una salida por atrás. Llegué hasta el fondo y encontré una puerta que daba a un patio lleno de sillas rotas, monitores viejos y esas cosas. No era ideal pero se podía llegar a un techo y de ahí a otros para salir.
Volví a avisar y cuando pego el grito de salida la veo caer. El gordo que la cubre, se para enfrente y seis o siete tiros le pegan en el pecho. El viejo se arrastra y se cubre, yo trato de llegar a ella y la veo moverse. Se da vuelta en el piso y me mira. Ya estoy, loco, me dice. Ya estoy, no llego. Yo que la quiero llevar. Ella que grita de dolor. Ya está me dice, ya está. Rajá, loco, desaparecé. El viejo que se ata la camisa a la pata y me dice que me vaya, que todavía puedo, que no hay otra, que esto es así, que lo aprenda, que las cosas son duras pero son así y yo que la miro y ella que no llora pero se le caen las lagrimas por el gas o por el dolor o porque se muere o porque me dice que ya fue. Que para ella ya fue.
Y se para con el fusil y una 45 y el viejo que la sigue con una itaca y yo que salgo corriendo y ellos que se llevan 10, 20, 500 tipos y 1000 también, con unos huevos de los que no quedan mas y esos tipos que los hacen mierda a balazos, que los destrozan, que los revientan como te revienta la federal cuando te tira con todo lo que tiene. Que los insultan, que los caga a tiros y ellos que no se terminan de caer, que les tienen que tirar mil balazos para bajarlos. Y yo que me voy. Subo a un techo y bajo por una terraza del otro lado de la manzana, entro a un departamento, una piba que grita, la miro y se calla. Un tipo que sale del baño. Le saco ropa y toda la guita, me cambio, me lavo la cara y me peino. Bajo por el ascensor con una llave en la mano, con cara de nada y en la esquina me tomo un taxi hasta caballito. Ahí me bajo y tomo el tren a Merlo. El tren de vuelta cuando todos llegan. Ya tuve bastante yo por este día. No había nadie en Merlo. No pasaba nada. El silencio era tan silencio que daba miedo. Era insoportable el silencio.
Parecía otro planeta Merlo.

6 comentarios:

Café (con tostadas) dijo...

ves por qué siempre estoy esperando un post nuevo por estos lares?

muy bueno, Capitán, le sale bien, sí, sí.

Ramita dijo...

Excelente, me gusta esa forma de catarata que toma el texto... :)


Sil

Zippo dijo...

Volviste, volviste, y con toda la furia.

¡Carajo!¿acaso te das cuenta de todo el tiempo que nos privaste de tus tremendos relatos?así no se puede, Pablo.

Es un cuento heroico, a su manera. Épico en un tiempo donde no existen héroes, y bastante romántico, a su manera.
Y a tu manera, te felicito, che.

Lechu K dijo...

Faaaaaa loco una de acionnnnnn!!!! Que manera de tirar tiros....cuanta sangre....como arde!!!



Meta conga, risa y cascabel.


LeChU.-

Rapote dijo...

Celebro tu regreso. De verdad que sí.

¡Salud!
;) Rapote

Safira dijo...

Muy bueno! no lo habia leido.. y ya que ni me acordaba de los blogs...
Besos picott