
El la esperó en un rincón de la calle mojada y despojada casi de su día en la oscuridad mas perdida de la ciudad. La esperó con los crisantemos y el calor. La esperó con la lluvia y las ganas. La esperó por los días que fueron ardor en otro tiempo. La esperó con un nudo en la garganta. La esperó llegando al límite de él mismo.
Cerró los ojos despacio y los abrió apenas otra vez para ver lo que dejaba ver la lluvia. Ahí, al aire. A la libertad del aire. Cuando el gris de la tarde larga era mas que todo. Cuando gana el agridulce de corazones por sobre los otros sentimientos. Ahí la esperó en la libertad. Como esperaba el aire, también libre, que ella lo atraviese y se le acerque. Que ella elija y le de rienda al galope del pecho que le hacia respirar hondo de vez en cuando, para recuperar el aire.
Ahí se miraron desde lejos sabiéndose uno sobre el otro con tanta fuerza…tanta…
Como si los uniera el calor de la calle y la humedad al calor de antaño.
El pensó que no soportaría más lo que sentía. Ella se supo frente al hombre que la descubrió de entre todo el resto de la gente, el que la supo única.
Él, frente a la mujer que lo hizo mas y mejor.
Y entre tanta fuerza en el medio. Tanta que nada a no ser el aire y el agua hubiera pasado por entre ellos que se miraban a la distancia. Entre tanto sin decir y tanta vida, la locura dejo paso al sosiego y se supieron a un paso de la libertad y la belleza. Y a veces eso es algo que no se puede soportar, de tan grande.
Entonces ella se dio vuelta y se fue. Caminó despacio por donde vino y se dejo llevar por la inercia, casi sin poder entender la tristeza que la lastimaba. No se dio vuelta ni miró más lo que le tocaba la espalda todavía.
La vio caminando. Supo que una parte de él se había vuelto aire para siempre. Y la dejó ir.
La dejó ir.
Y supo también que no volvería nunca más a ser lo mismo, que una sonrisa menos tendría justificativo, que el agua correría como corría esa noche para los dos. Supo que no era más que viento y humedad. Traspolado en naturaleza por un instante, se sintió débil para hacer cualquier cosa que no sea dejar quietas las rodillas y esperar que todo pase.
Un rato después, cuando ya se perdió la imagen de esa espalda y ese pelo en la calle oscura, atinó a moverse otra vez.
Y en el movimiento casi oyó el nunca más que había llegado.
Todavía siente que algo le tira adentro cuando se acuerda de esa tarde al aire libre.
Foto: Robert Doisneau